Aun partiendo de la base de que el Real Madrid es como el doctor Jekyll y mister Hyde, con una personalidad en LaLiga y otra completamente diferente en la Champions, competición en la que se transforma, lo cierto es que más allá del resultado que reflejó el marcador del Santiago Bernabéu hay un hecho palpable: el equipo blanco llega justito de carburante al tramo final de la temporada. En otras circunstancias no sería excesivamente preocupante, pero ahora el guión futbolístico no les permite bajar la guardia.

Si bien en el campeonato doméstico lo tiene todo hecho -el título ya es inalcanzable pero ha asegurado su billete para la próxima Champions-, a la vuelta de la esquina ya le está esperando el Bayern Múnich. En la Liga de Campeones no hay respiro posible y menos si el rival es el ‘panzer’ alemán. Una semana le queda (el próximo miércoles) para rendir visita al Allianz Arena y vérselas ante un equipo, ya campeón de la Bundesliga, que le va a apretar hasta la extenuación.

Y aquí radica el problema. El Real Madrid no está para muchos trotes. Está conduciendo con la gasolina en reserva. El piloto rojo ya está encendido. Con Casemiro suplente, protegido por Zidane ante la cada vez menos potencia de caballos en su motor, y con Modric y Kroos jugando al tran-tran, recorriendo más kilómetros de los que deberían los dos cerebros blancos, la medular madridista corre el riesgo de partir al resto del equipo.

Así las cosas, las esperanzas se centran en Isco, seguramente el más fresco de todos tras chupar mucho banquillo durante esta temporada y, cómo no, en Cristiano Ronaldo, hoy desaparecido hasta el minuto 86, quizás reservándose para mostrarse en el ‘escaparate Champions’. Son los clavos ardiendo, junto a la calidad de Marco Asensio, a los que se aferra un madridismo que ya ha dado por perdida la lucha por recuperar a Benzema y Bale.Aunque el Celta no empató hasta el minuto 45, casi cuando el colegiado ya señalaba el camino a vestuarios, el equipo vigués llegó más y mejor a la portería rival que el Barça. Pero enfrente tuvo a un coloso que estrenaba capitanía. Ter Stegen se hizo mayúsculo para evitar goles de Maxi y Blais Mendez. Fue el alemán el que sostenía al Barça en el duelo hasta que Dembélé marcara su primer gol liguero con la elástica azulgrana.

El francés abrió el marcador tras aprovechar el Barça un error garrafal de Jonny a la salida del balón. Un gazapo mayúsculo que corregiría el zaguero minutos más tarde con su gol. Un tanto, por cierto, que también llegaba tras error de André Gomes y buena jugada de Maxi López.

No bajó la intensidad del choque tras el parón. camiseta del villarreal El Celta quería pasar a la historia de esta Liga al ser el primero en hacer morder el polvo al Barça, pero Valverde sí reaccionó y sacó de una tacada a Sergi Roberto y Messi. Ambos serían protagonistas con enorme incidencia para los suyos. Positiva en el caso de Messi y negativa en el de Sergi Roberto.

Con su sola presencia, el argentino intimidó de tal manera a los locales (al menos durante unos minutos) que el Barça se volvería a poner por delante. Buena jugada culé que acabaría empujando Paulinho al fondo de la red.

El otro cambio del Barça, Sergi Roberto, también sería protagonista en el segundo tiempo. Sobre todo, porque fue expulsado en una contra del Celta que dejaría al Barcelona con uno menos para los últimos 20 minutos cuando apenas llevaba 10 sobre el verde. No se perderá la final de Copa en todo caso.

Fue el reclamo que necesitaba un Celta ya tocado para recuperar la fe en la victoria. Y menuda reacción la de los pupilos de Unzué que acosaron la portería de Ter Stegen de tal forma que sólo el infortunio evitaría la primera derrota culé.

Espoleados por un Iago Aspas sublime, el Celta empequeñeció al Barça hasta que logró el empate. Gol del atacante gallego (con la mano) que hizo temer por la histórica racha azulgrana. Más si cabe cuando Boyé quedó solo ante Ter Stegen y se le cayó el mundo encima. El canterano fue incapaz de voltear el marcador en un ejemplo más de lo que fue el choque.Deambula el Espanyol de Quique cual muerto viviente por este tramo final de Liga, sin la salvación matemática en la saca, y acumulando argumentos para que su estadio se convierta en un páramo. Poco necesitó el Eibar, cargado de cambios y sin siquiera un punta natural, para ahondar en la infamia perica. Con el tanto de Lombán, detienen los armeros su sequía goleadora en 330 minutos. La del Espanyol es ya una sangría incontrolable, que lo tiñe todo de rojo: 468’ sin marcar y subiendo.


Con Cornellà semidesierto y gritos de “Quique, vete ya” como de bienvenida, se esperaba que al menos de entrada sacara su casta el Espanyol. Nada más lejos de la realidad. Se apoderó del balón un Eibar de un modo casi insultante. Y más lo hubiera sido de avanzarse los armeros en un testarazo del experico Jordán que se estrelló en la base del palo, y que posteriormente fue anulado por un dudoso fuera de juego.

El premio a la persistencia visitante, y a la desidia local, llegó en el 32’. Avisó primero Pedro León, con un chut que se marchó a córner. Y el propio murciano, renovado el lunes hasta 2020, sirvió el saque de esquina para que cabeceara a gol Lombán, zafándose de Hermoso, desde el corazón del área, asestando una punzada al de los 12.113 pericos que aún creían en su equipo.

Con el ambiente cada vez más enrarecido, al fin en la reanudación entendió el Espanyol que sin atacar es imposible marcar. Y lo intentó. Presionó alto, mostró las garras y llegó. Primero Víctor Sánchez desde fuera, después Gerard en dos ocasiones y Sergio García, manifestando que Dimitrovic jugaba. Ni siquiera la épica final, con Pau subiendo en un córner, sirvió para maqullar otro desastre y para apaciguar la estruendosa pitada final.

Pero no fue el 3-3 del curso pasado, aquella remontada perica con 0-3 al descanso. Este Espanyol es una sombra de aquel, mientras que el Eibar sí ha ido sumando. En juego y oficio. Hoy la clasificación lo demuestra. Y los ánimos.