La mujer en el hogar

El principio mandato enseñado por la instrucción sagrada: "Muéstrense gentiles los unos con los otros", está en el fundamento misma de la armonía doméstica. La amabilidad cristiana debe predominar en todos los domicilios. Es barata, pero tiene el capacidad de suavizar naturalezas que se convertirían ásperas y ásperas sin ella. El cultivo de una cortesía constante, la disposición de hacer por los otros lo que nos gustaría que realizaran por nosotros, desterraría la mitad de los problemas de la vida. La compañera y la madre pueden ligar los corazones de su marido y de sus niños al suyo propio con las firmes lazos del amor, si en su trato con ellos manifiesta un amor constante con palabras amables y un comportamiento respetuoso.

Es frecuente que en una misma familia existan fuertes diferencias de ánimo y de carácter; porque está en el plan de Dios que seres humanos de temperamento variado se unan entre sí. Cuando éste es el caso, cada integrante de la familia debe respetar sagradamente los emociones y honrar los intereses de los demás. De este modo se desarrollarán la consideración mutua y la paciencia, se suavizarán los juicios y se amortiguarán las asperezas de carácter. La unidad puede ser asegurada, y la combinación de los diversos temperamentos puede ser un enriquecimiento para cada uno. La amabilidad cristiana es el lazo precioso que une a los miembros de la familia en vínculos de amor cada día más estrechos y duraderos.

En muchos casos, los hogares se vuelven desdichados por la queja inútil de la esposa y madre, que se aleja con rechazo de las tareas cotidianas y domésticas de su vida doméstica. Considera sus obligaciones y deberes como sufrimientos, y las atenciones que podrían ser placenteras se convierten en el más arduo trabajo.