“Manteneos en el afecto de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida Salmos 115, eterna.” Judas 21.

Conformamos la comunidad de Dios, somos sus hijos y él nos ha de enseñar en relación a lo que habrá de suceder en el tiempo venidero. Se requiere una postura atenta y una investigación constante como preparación para los importantes sucesos que pronto se precipitarán. Los individuos y mujeres completos en Cristo no debieran usar todo su tiempo de reflexión en la meditación y la observación. En tanto nos rendimos en quietud a la meditación y oración, cuando nos retiramos de la distracción y el alboroto para profundizar comunión con Dios y discernir cuál es su designio para nosotros, no debemos pasar por alto que tenemos que comunicar un mensaje de advertencia al planeta.

Aquel siervo fiel anduvo con Dios y transmitió un mensaje de advertencia a los pobladores del planeta anterior. Sus palabras y actitudes, su modelo de santidad, fueron un reflejo constante en favor de la verdad. En una era que no propiciaba el desarrollo de un modelo limpio y santo, como la nuestra, él experimentó una existencia de sumisión. Tan llena estaba la tierra de iniquidad que el Señor la limpió con un juicio. Fue como si el mundo se hubiese vuelto al revés a fin de limpiarlo de toda maldad.

Enoc era santo porque vivió con Dios como el Señor ordenaba. En su testimonio el mundo tuvo una representación de cómo serán aquellos que han de ser elevados en las alturas para recibir al Señor en el aire en ocasión de su venida. Así como fue la experiencia de Enoc ha de ser la misma. La piedad personal debe caminar ligada con las más enérgicas llamadas y exhortaciones. Hemos de señalar lo que está ocurriendo y lo que pronto surgirá. Se nos ha enseñado a ser, en lo que requiere disciplina, “no indolentes, ardientes en espíritu, trabajando al Señor”. Hemos de ser fervientes en nuestros esfuerzos por abrir el paso ante el Rey: en preparar un pueblo para la manifestación del Señor. En nuestro ministerio al Señor debiera reflejarse un espíritu ferviente. Las luces del alma deben estar abastecidas y brillando.

El ministerio que entregamos a Dios requiere la plenitud de la razón, del corazón y de las fuerzas. Hemos de dedicarnos a Dios sin condiciones, a fin de mostrar una proyección espiritual y no terrenal. Debe surgir un renovación de la percepción, para que la mente pueda reaccionar plenamente a la labor que se debe llevar a cabo en todas las clases sociales, altas y bajas, opulentas y necesitadas, formadas e sencillas. Debemos revelar una dulzura semejante a la del buen Pastor quien lleva a los corderos en sus hombros y guarda su iglesia de todo daño y lo guía por sendas seguras. Los discípulos de Cristo debieran manifestar ternura y afecto y un profundo anhelo de enseñar las palabras que serán de vida eterna para todo aquel que las acepte.